Otros tiempos
"Si creéis que ahorcándonos podéis acabar con el movimiento obrero... ¡entonces ahorcadnos! Aquí pisoteáis una chispa, pero allí y allá, detrás de vosotros, frente a vosotros, y por todas partes, las llamas surgirán. Es un fuego subterráneo. No lo podréis apagar".
Albert Spies (ejecutado en Chicago el 11 de noviembre de 1887).
El 1° de mayo de 1886 la huelga por la jornada de ocho horas estalló de costa a costa en los Estados Unidos. La orden era precisa: ¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de 8 horas por día! ¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo! ¡8 horas de recreación! Simultáneamente se declararon 5.000 huelgas y 340.000 trabajadores explotados tomaron las calles.
En Chicago, los sucesos culminaron en la masacre de la plaza Haymarket (4 de mayo) y en la posterior condena a la horca de cuatro memorables dirigentes de la faena. Año y medio después, el mundo trabajador lloraba los funerales de los hoy mundialmente conocidos “Mártires de Chicago”. 25.000 personas asistieron a las exequias y otras 250.000 flanquearon el recorrido. El duelo de las casas obreras de Chicago se acogió, durante largos y lúgubres días, en una flor de seda roja clavada a sus puertas.
Durante el juicio, Michael Schwab, tipógrafo alemán de 33 años, dijo: “Si nosotros calláramos, hablarían hasta las piedras. Todos los días se cometen asesinatos; los niños son sacrificados inhumanamente, las mujeres perecen a fuerza de trabajar y los hombres mueren lentamente, consumidos por sus rudas faenas, y no he visto jamás que las leyes castiguen estos crímenes...“. Schwab, a diferencia de sus compañeros, fue sentenciado a morir en la cárcel, y puesto en libertad seis años después, cuando la investigación de otro juez determinó que los condenados “habían sido víctimas inocentes de un error judicial”.
A mediados del siglo XIX, en Europa y Norteamérica, los obreros, incluso mujeres y niños, eran obligados a cumplir duras jornadas de 12, 14 y hasta 16 horas de trabajo diarias, seis días por semana. Los ambientes eran tóxicos o cuando menos insalubres. De esas condiciones terribles, surge la huelga por las 8 horas, aquel célebre 1° de mayo, que a partir de 1889 fue decretado, en París, Día internacional de los Trabajadores. Fiesta por antonomasia del movimiento obrero mundial.
"¡Un día de rebelión, no de descanso! Un día no ordenado por los voceros jactanciosos de las instituciones que tienen encadenado el mundo del trabajador. ¡Un día en que el trabajador hace sus propias leyes y tiene el poder de ejecutarlas! Todo sin el consentimiento ni aprobación de los que oprimen y gobiernan. Un día en que con tremenda fuerza la unidad del ejército de los trabajadores se moviliza contra los que hoy dominan el destino de los pueblos de toda nación. Un día de protesta contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y la guerra de todo tipo. Un día para comenzar a disfrutar ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas para lo que nos dé la gana'". Esa fue la proclama que recorrió de mano en mano las filas del proletariado que se lanzó a las calles el 1° de mayo de 1886.
Ciertamente, los tiempos han cambiado.
Jorge Palencia
Vicerrector Administrativo de LUZ
01 de mayo de 2006