Desconcierto y luto
Un contraste desgarrador vivimos el viernes pasado. Mientras la ciudad encendía sus luces de fiesta, la Universidad trataba de entender el absurdo baño de sangre a las puertas de su Rectorado.
En un primer momento, nuestros pensamientos se hacen uno y se solidarizan con los padres, familiares y amigos de quienes tuvieron o tienen aún sus vidas en peligro o fueron despojados de ella de manera tan dolorosa, tan insólita. También es propio ese dolor.
Nos preguntamos cómo pudo ocurrir tal aberración. Desde las 12 del mediodía se esperaba la intervención de los organismos de seguridad del estado para atender la situación de violencia desatada en la vía pública, en las adyacencias del LUZ. Nadie apareció. Cuatro horas más tarde el desenlace fue fatal.
Las versiones, confusas y contradictorias al momento de escribir estas líneas, hablan de elementos externos que hirieron y asesinaron a estudiantes. ¿Enviados por quién? Llama la atención, por otro lado, que sin investigación alguna, un alto funcionario del CICPC asegurara, esa misma tarde, que se trató de ataques entre grupos estudiantiles de la “oposición”. Alguien podría pensar que la ausencia de las fuerzas del orden público creó las condiciones para que una especie de “escuadrón de la muerte” actuara, y a partir del caos, propiciar, una vez más, la descalificación de la Universidad. ¿Quiénes se benefician de todo esto? Poco importan a esos los peces muertos en un río revuelto.
En un país sin ley, no faltará quien justifique la autodefensa a plomo limpio. Nosotros no. Ningún estudiante nuestro debe portar armas, pero algunos lo hacen. La institución lucha por zafarse de los nudos que la convierten en víctima de estas dinámicas bizarras, al tiempo que trata de hacerse parte de la solución. Durante seis meses, LUZ estuvo secuestrada por un grupo de pseudos estudiantes armados y violentos que crecieron en el recinto al amparo de la impunidad. Ningún órgano de seguridad quiso nunca intervenir.
La inmensa mayoría de nuestros estudiantes son auténticos, responsables, pero a las aspiraciones electorales se presentan muchas veces los “estudiantes eternos”, “estudiantes profesionales” que nunca se gradúan porque “no es negocio” hacerlo. Ellos nos endosan su violencia. Hasta la importan. Juegan a amedrentar, a mantener fuera, con el terror, a quienes honesta y legítimamente buscan defender los intereses de sus iguales. Sabemos que esto también formó parte de la tragedia del viernes.
¿De qué magnitud son los intereses que rodean las elecciones universitarias? ¿De qué tamaño los privilegios que se defienden? ¿De qué calaña los escrúpulos y las motivaciones de quien planifica –con complicidad interna, si ése fuera el caso– una masacre?
Esto es inadmisible. No queremos seguir perdiendo hijos de la Universidad en manos del sinsentido, no queremos ver a la institución de rodillas y a merced de grupos que se comportan como pandillas gansteriles. LUZ ha hecho esfuerzos colosales por atender su problema de seguridad. Las cifras lo demuestran. Éstas son situaciones de orden público que nada tienen que ver con el ejercicio de la autonomía. Y si lo que se pretende es cuestionarnos, el precio es cobardemente alto. Hoy, además de la impotencia, nos envuelve el luto, la vergüenza, el dolor.
Jorge Palencia
Vicerrector Administrativo de LUZ
5 de noviembre de 2007