Balas de salva
La tarea más ardua del ser humano es llegar a diferenciar entre “lo malo” y “lo bueno”, y una vez hecho esto, escoger lo bueno. Sin embargo, he comprobado que muchas veces lo más opuesto a “lo bueno” es “lo fácil”, y allí la selección es realmente dura: lo fácil seduce más de lo debido.
El ejercicio de la crítica requiere argumentos; el de la autocrítica, demanda carácter. La descalificación, en cambio, es un arma fácil. Es un arma que casi siempre se carga con salvas: no mata, pero puede hacer mucho más escándalo y estragos que pólvora y plomo. Hoy nos ensordece el estruendo de los disparos que nos hacemos a nosotros mismos dentro de la universidad y los que nos hacen desde fuera.
Hemos visto en estos días, sin argumentos tangibles ni pruebas, más ataques contra las universidades. Se han usado cadenas nacionales de radio y TV y escenarios como la Asamblea Nacional para esos fines. Desde allí, los propios hijos de la universidad han lanzado mentiras a su cara y al país al decir que estamos divorciados de la sociedad, que no tocamos al pueblo. Se dispara con mala fe o desde la ignorancia, desconociendo el impacto y dimensión de nuestra labor de extensión e investigación.
Dan ganas de reír (para no llorar), cuando uno escucha que las universidades autónomas están llenas de niños ricos. Recorro la universidad, sus pasillos y salones con frecuencia. Ojalá quienes dicen eso me acompañaran alguna vez. Pero el asunto no queda allí. Se asegura también que nuestros rectores han secuestrado la autonomía universitaria y –repito– en cadena nacional, hasta se les llama ladrones. ¿Y las pruebas? ¿Por qué no están presos esos rectores, por qué no se les aplica la ley? ¿O es que sólo son balas de salva?
Tampoco nos rasgaremos las vestiduras. Es poco probable que todo sea trigo limpio, pero a veces la generalización es bien conveniente. Tenemos cosas que revisar. Claro que sí. Muchas. Para empezar, debemos blindar nuestra productividad, pertinencia, capacidad de gerencia y pulcritud, sólo eso nos dará la moral para enfrentar señalamientos y arbitrariedades. Debemos renunciar a esa mala costumbre de creer que podemos tapar nuestras fallas con un dedo.
Al igual que el presidente de la república o los diputados de la Asamblea Nacional, los conductores de las universidades somos servidores públicos. Nos pusieron aquí para gerenciar la academia con humildad y efectividad en beneficio de todos. Estamos en la piscina para cuidar a los bañistas, no para cultivar la prepotencia, creernos dueños del agua, cobrar bajo cuerda la entrada a ella, o desterrar arbitrariamente a quien nos miró feo.
Hace días se nos anunció que antes de fin de año tendríamos nueva ley de universidades. Lo natural sería que las universidades, con todas sus fuerzas integrantes, participaran de ese proyecto pero, ¿a quiénes se llamará a participar? ¿A las universidades que dan la espalda al pueblo? ¿A cuáles estudiantes y autoridades? ¿A los acusados de peones del Imperio o de ladrones? Como diría algún gran filósofo de Chachopo: “El que descalifica se descalifica”. No se convoca a construir una mejor sociedad desprestigiando irresponsablemente a sus miembros, pero rinde tantos frutos y es tan fácil, ¿verdad?
Jorge Palencia
Vicerrector Administrativo de LUZ
jpalencia@luz.edu.ve
11 de junio de 2007