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Asunto Personal

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Son muchas las cosas que traen lágrimas a nuestros ojos: las pérdidas más hondas, el dolor, la frustración, la rabia. También lloramos cuando las pasiones se revelan intensas y auténticas, y paradójicamente, ante el contacto íntimo con las devociones, los amores y las alegrías más excelsas.

Mi familia y mi Universidad son las gigantescas pasiones que me habitan, son afectos que se me funden y mezclan, que interactúan, conviven y crecen sin término. Son mi inspiración y a veces el origen o el marco de una pena, pero siempre el de mis alegrías.

Todo esto se ha combinado inusualmente para mí y con gran intensidad en días recientes. El pasado viernes 9 se celebró en LUZ el primer acto de grado de este año. No asistí. Mi madre murió la mañana de ese día.

Los actos de grado son un asunto personal para mí. Siento, en cada uno, que colaboro con una pequeña parte en la construcción de esa enorme nube de orgullo y satisfacción que flota siempre en la solemnidad del ambiente y que casi puede tocarse en el aire. Tiendo a ver a los estudiantes con una óptica paternal. No estuve allí para decirlo en persona, pero quería expresarles cara a cara lo satisfechos que estamos en LUZ de ver florecer en ellos espíritus críticos, forjadores de verdades, no sólo avalados por un alto nivel de calidad académica, sino comprometidos con el sistema de valores institucionales que nos define.

En cada acto de grado dejamos ir a los nuevos profesionales sabiendo que desde un muy competido mercado de trabajo sabrán poner en alto el nombre de nuestra institución. Confiados en que su aporte, desde el lugar donde se encuentren, permitirá enrumbar al país por los caminos del desarrollo y el progreso. Sé de lo que hablo. Con ellos ese día, se graduaba, otra vez, el mayor de mis hijos. Recibió su doctorado; su tercer título de LUZ y segundo de postgrado.

Si bien Jorge Emiro es un excepcional profesional de la medicina, las mayores satisfacciones me las ha brindado por el carácter, el temple, el valor, la entereza y la autenticidad con la que lo he visto enfrentar las ignominias que a veces trae la vida. De él he recibido grandes lecciones de fortaleza. Sé bien que mis palabras no son distintas a las que cada madre, padre, pareja, familiar y amigo guarda en su corazón en actos como ése para sus seres queridos.

La Universidad nos marca de por vida en el buen sentido. Aquí pasamos años enteros; aquí sufrimos y crecemos, encontramos amores y construimos amistades que nos acompañan en los momentos de alegría y orgullo, y más aún, que nos comprenden y se solidarizan en las lágrimas. Llamamos a la Universidad “alma máter”. Lo he dicho antes, la expresión significa “madre que alimenta, que nutre”. No podía ser de otro modo. No puedo estar sino honrado de contar con el cobijo de esta otra madre eterna, que solícita acude a enjugar de nuestro rostro el vacío más demoledor. No puedo sino estar conmovido y profundamente agradecido.

Jorge Palencia
Vicerrector Administrativo de LUZ
19 de marzo 2007

 
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