Laura Urbina, jefa de finanzas
“Trabajo por amor a la Universidad”
Por Johandry Hernández / VAD 09 de abril de 2008

A pesar de cargar sobre sus hombros con la responsabilidad de procesar el pago de once mil trabajadores, Laura Urbina desprende sonrisas ante la adversidad.
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Laura Urbina, jefa encargada del Departamento de Finanzas, saca las cuentas con la misma naturalidad con la que se deshace en sonrisas en medio de la cosificación de su oficina. Rodeada de innumerables cajas de las que emanan facturas, planillas y todo tipo de documentos, ella ha levantado un pequeño templo del que depende toda una feligresía de universitarios y proveedores que ve allí su salvación: en ese recodo de la planta baja del viejo Rectorado es donde se tramita la nómina y otros pagos del personal, se paga todo tipo de servicios y se asignan los recursos a organismos parauniversitarios, facultades, núcleos y a todas las dependencias centralizadas y descentralizadas que dan vida a la Universidad.
Su cotidianidad transcurre junto a su mejor aliada: una calculadora. A lo largo del día Laura Urbina lidera un equipo que puede procesar el pago a proveedores que suministran servicios o insumos, llevar la contabilidad del gasto de alguna dependencia, cumplir al dedillo las exigencias del control financiero exigida por el Gobierno Nacional, acreditar la cesta tique o emitir casi 300 cheques cuando hay capacidad real para tramitar apenas 100. Todo, desde una oficina de 3x3 m2.
Continuidad de un linaje
De su relato se deduce que, aunque rodeada de un ambiente de absoluta corrección numérica, de estrés constante y de un estricto cumplimiento en el pago de los empleados, le sobran las manifestaciones de cariño y las zalamerías de todos sus compañeros de trabajo. Quizás allí resida cierto alivio ante los rigores de un trabajo que se hace siempre bajo presión y del peso de cargar sobre sus hombros la responsabilidad de tramitar el pago de la nómina de unos 11 mil trabajadores universitarios.

Esa mirada de luz es un reflejo de su fuerza interior, la clave para que desde su búnker numérico emprenda la batalla por una Universidad con cuentas claras.
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“Ha llegado correspondencia a mi oficina dirigida a Laurita, con tanto cariño, pero yo he tenido que luchar contra esa informalidad”, cuenta muerta de la risa. Tal vez tanto mimo se deba al hecho de que Laura Urbina es en sí la continuación de un linaje que siempre ha estado ligado a la Universidad. Ella ha demostrado con su trabajo que el amor a la institución es un asunto de tradición familiar: su padre fue jefe de la extinta oficina de Recursos Humanos de LUZ durante 25 años, y su hermano mayor, Jesús Urbina, es un destacado profesor de la Escuela de Comunicación Social, que desarrolló además una de las más prolíficas gestiones como Director General de Comunicación.
Y no hay que ser demasiado acucioso para percibir en ella los gestos que conserva de aquella niña que jugaba a trabajar por los corrillos del Rectorado, en la oficina de su padre. Desde entonces decidió que su vida debía transcurrir en la Universidad.
Su primer empleo fue en la taquilla de pagos, donde hacía recibos a mano. Su deseo por el ascenso profesional la llevó a optar por la jefatura de varias dependencias y, en un ejercicio prolongado de constancia, sustituyó a la admirable Raiza Urdaneta, antigua jefa de Finanzas. “Yo comencé desde el cargo más bajito y mi dedicación me llevó a ser la mano derecha de Raiza, de quien aprendí todo lo que sé hoy”, relata convencida. Ella es la viva conjugación de voluntad, paciencia y méritos.
Vida a contrarreloj
El excesivo trabajo, sin embargo, le ha pasado impagables facturas: cada vez se le hace más difícil atender los asuntos familiares y hasta confiesa que se ha perdido etapas en el crecimiento de sus dos hijas. Ha llegado el momento en el que la inminencia del reclamo de sus niñas de 11 y 12 años se hace sentir: “Mami, tú dijiste que ibas a estar más tiempo con nosotras”, le demandaron un día. Fue cuando se percató de que estaba procesando pagos y cheques en las vísperas de la Navidad.
“Es difícil -apunta nostálgica- compensar las dos cosas, sobre todo porque mi vida siempre va a contrarreloj”. Pero su familia le ha dado muestras de comprensión y hasta le permite llevar trabajo a la casa los fines de semana. Afirma que con su otra familia -el personal con el que labora diariamente-, tiene una relación muy cordial, sólo hasta que les dice que deben trabajar un sábado: “Ay, ay, ay, aya yayay”, exclaman al unísono sus subordinados, quienes reciben de Laura el mejor de los incentivos: “Somos muy unidos, me siento muy orgullosa de estar aquí”.

Su mejor aliada es su calculadora, con la que saca cuentas sobre el pago a proveedores, la contabilidad del gasto de alguna dependencia o los montos de los 300 cheques que procesa a diario.
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Ella los ha vacunado con altas dosis de afecto por el trabajo. “Nadie imagina lo importante que es ver la satisfacción de profesores, empleados y obreros cuando van al cajero automático y constatan que ya el pago está en sus cuentas o pueden usar ya la tarjeta de la cesta tique”.
Laura Urbina se anticipa a todo. Cuando el dinero está en el Banco Central, su equipo tiene los oficios hechos, con los montos de cada banco. Explica que detrás de lo que para el personal es una sencilla operación de consulta, se esconde todo un proceso que arranca con el envío de los recursos por parte del Gobierno, su cálculo y distribución a las distintas dependencias, y termina con la emisión del pago. “Los recursos salen al siguiente día de haber llegado”, señala. Por eso no tolera las injurias de quienes ignoran la complejidad del proceso y se abalanzan a emitir acusaciones sin fundamento. Ignoran que ella no da un paso sin el consentimiento de las autoridades rectorales y que la rectitud es parte sustancial de su hoja de vida.
A Laura Urbina la mueve una fuerza interior que se exterioriza en su mirada de luz y a través de su sonrisa, ésa que la ha enseñado a ser paciente. Cada día, cuando todo el mundo se ha ido, llega su hora de partir. Silencioso, en medio de la noche, se oye su caminar, y su figura se desvanece en los pasillos que la vieron crecer. Casi al instante, al cabo de unas horas, reaparece con las primeras luces del alba a refugiarse de nuevo en su búnker numérico a reiniciar la batalla por una Universidad con cuentas claras.
Lo más admirable de semejante entrega al trabajo, surge de un sólido argumento: “Yo apenas tengo 15 años trabajando, ¡ahora es cuando me falta dar! y lo hago por amor a la Universidad”.
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